
En nuestros Hogares o Casitas, a la manera de esa infancia perdida de Pantalón Cortito o Chiquillada, que inmortalizó José Carbajal, (uno de nuestros padrinos) construimos un espacio de vida para intentar llenarlo de sueños, proyectos, ternura, belleza y solidaridad. Valores que deseamos hacer surgir de sus almitas o conciencias para contribuir a su formación como hombres y mujeres nuevos.
Los educadores, los niños, los jóvenes, y muchas madres, vivimos juntos este desafío de ser parte de esta especie de Caleuche que navega hacia una vida nueva. Mantenemos la utopía y el compromiso de construir un mundo más justo y más humano.
Por un lado, nos une el dolor, pero por el otro la posibilidad cierta de un proyecto común. Moral y Luces, decía El Libertador. Por eso, aún creemos, que nuestro Continente de Esperanza resurgirá de entre las ruinas que nos ha dejado esta globalización de la miseria. Y serán nuestros chicos constructores de un nuevo destino con dignidad y fraternidad.
Y para mantener la utopía hay que defender el tiempo de la infancia, el tiempo de la escuela, de los trompos o las bolitas lecheras, el tiempo de pantalón cortito con un solo tirador y media galleta rompiendo los bolsillos.
Casitas, mamás, hermanos mayores y hermanos menores, tostadas con mermelada o arroz con leche, deberes, guardapolvos manchados con tinta o moras, corridas al médico, noches de fiebres, retos, penitencias, besos, dudas, poner en palabras las pérdidas, bailar, dibujar, enamorarse, mirar la tele, buscar a las familias , intentar…devolverles la risa y la ternura